En nuestro país, entidades como el SEDRONAR reportan continuos incrementos en la tasa de consumo problemático, abarcando tanto sustancias químicas (lícitas como el alcohol o el tabaco, e ilícitas) como adicciones conductuales (juego compulsivo, ludopatía online, pornografía y uso desmedido de pantallas). La adicción no es meramente un acto voluntario fallido o una "falta de carácter"; es un secuestro neurobiológico de las vías dopaminérgicas (el centro de la recompensa del cerebro). Además, el comportamiento adictivo casi siempre actúa como un anestésico temporal y un mecanismo de evitación para lidiar con deficiencias emocionales profundas, traumas o ansiedades subyacentes.
El rasgo definitorio de la adicción es la pérdida paulatina de la libertad de elección. Comienza a menudo como un acto recreativo o una forma de aliviar tensiones, pero con el tiempo, la tolerancia química o psicológica exige dosis mayores para obtener el mismo efecto inicial. A medida que la adicción avanza, el individuo prioriza el consumo por encima de sus valores fundamentales, sus vínculos familiares, su rendimiento laboral y su salud física. Se instaura un patrón de mentiras, ocultamiento y aislamiento social, acompañado de intentos repetidos y frustrados por dejar la conducta adictiva, lo que genera profunda vergüenza y deterioro de la autoestima.
Romper el circuito del consumo exige un abordaje integral, estructurado y sin juicios morales, yendo mucho más allá de la simple directiva de "no lo vuelvo a hacer":